Por: Marcio Sierra
Dice el dicho que por sus acciones se puede conocer a un individuo y por los procederes recientes de Redondo al frente del Congreso Nacional, se aprecia que es un político torpe e incompetente como presidente del Congreso Nacional.
Además de cometer torpezas institucionales, ha caído en un sectarismo político grave cuyas consecuencias, erosionan los fundamentos mínimos de la democracia hondureña. En el ultimo comunicado que ha dado a conocer (Oficio No. PCN-014-2026, Tegucigalpa, MDC.19 de enero de 2026), deja ver no solo un agravio político, sino una evidencia del estado mental en que se encuentra, al apartarse de su responsabilidad institucional y del respeto al orden constitucional.
Redondo piensa que el Congreso es un instrumento de confrontación permanente, en el que la legalidad se puede subordinar al capricho y la matemática parlamentaria, se sustituye por la imposición. Definitivamente, este político tiene una conducta que proyecta una perturbadora incapacidad para diferenciar entre el interés general del Estado y los intereses malévolos del proyecto castromelista, al actuar como militante radical y no como interventor institucional, pone al sistema legislativo entero en una zona de riesgo.
La demencia política del presidente del Congreso actual se manifiesta, sobre todo, en la reiteración del error. Redondo persiste en imponer prácticas que ilustran el daño que provocan: por ejemplo, al desconocer consensos, manipular procedimientos, deslegitimar a la oposición y forzar decisiones al margen de la ley.
Ha tratado frecuentemente de estropear el rumbo democrático legislativo para imponer una legislación autoritaria, porque mentalmente, está convencido de que tiene el poder para justificar cualquier atropello. Es esa incapacidad de aprender del daño que causa, uno de los rasgos clásicos de la irracionalidad política. Y esta conducta preocupa más al constatarse, el desprecio sistemático, que tiene por la institucionalidad.
Conduce el Congreso Nacional impidiendo la deliberación democrática y convierte este poder del Estado de derecho en un teatro de confrontación y chantaje político. No legisla para mejorar el Estado de derecho, sino para blindar el poder que dice tener y castigar a quien disiente. Lo cual, es una lógica enfermiza, que ve la democracia como obstáculo y no como principio.
En Honduras están matando la democracia no con golpes militares; pero con acciones políticas que dirigentes, igual de dementes que Redondo, amparados en mayorías circunstanciales, bombardean las normas del juego democrático. Redondo encarna la demencia política.
Es un activista político que, en su condición de presidente del Congreso Nacional, no tiene la capacidad, ni la prudencia para ejercer las acciones de poder. Este actor político, cree que gobernar es imponer y disentir es traicionar.
Hemos tenido bajo la dominación socialista, un Congreso sometido a impulsos de un demente político lleno de soberbia del poder.
Que es escaso de cordura republicana, respeto a la ley e incapaz de dirigir y entender que la democracia se sustenta en límites y no en delirios de control absoluto. Redondo persiste, debido a su demencia política, en desacreditar el poder legislativo y obstaculizar seriamente el futuro democrático del país.
Los ciudadanos hondureños debemos entender con claridad que Redondo: pretende normalizar la irracionalidad en el poder legislativo y ese costo lo pagamos la mayoría de ciudadanos que creemos en la democracia.
