Por: Álex Campos
Existe un momento en la historia de las naciones donde los velos se caen. No es solo política; es una cuestión de frecuencia. Hoy, Honduras atraviesa ese umbral donde lo viejo se resiste a morir y lo nuevo lucha por nacer, en medio de este estrépito, resulta profundamente incoherente, ver a Renato Álvarez arremeter con una agresividad fuera de lugar contra el presidente Nayib Bukele.
Ese ataque abrupto no fue un ejercicio de libertad de prensa, fue, a ojos de cualquier observador atento, la manifestación de un modus operandi. Es la táctica de la “letra escarlata” que el partido gobernante ha perfeccionado en los últimos 5 periodos: desprestigiar al que brilla, atacar por cercanía y ensuciar la imagen de quien se atreve a ser distinto. Sin embargo, al intentar marcar a Bukele, lo único que ha logrado el periodismo tradicional es marcarse a sí mismo. Han quedado expuestos ante un pueblo que ya no consume mentiras empaquetadas en corbatas y lenguaje técnico.
Debemos entender algo fundamental: el universo y el poder no admite el vacío, y en política, el vacío de resultados se llena con propaganda. Mientras aquí nos hundimos en debates estériles, El Salvador se ha sentado a la mesa de los grandes procesos civilizatorios. No es retórica, es realidad palpable de un proceso civilizatorio exportable, mercados disruptivos que desafían la banca tradicional, educación de futuro que prepara mentes, no empleados, Energía nuclear como símbolo de soberanía energética y lo más sagrado: la destrucción de la carta de la muerte, que germina en migración reversa, el retorno de las almas que un día huyeron por miedo y hoy vuelven por esperanza.
Los catrachos han perdido el anhelo de volver a su país, porque no hay país al cual volver, la brújula apunta hacia el modelo salvadoreño. Las comparaciones son necesarias para entender nuestra propia sombra: si en Argentina el demonio era la inflación y la Motosierra de Milei fue el instrumento de limpieza, en El Salvador el cáncer eran las maras y la Doctrina Bukele fue la cirugía que salvó al paciente, entonces ¿Cuál es el mal de Honduras? Lo hemos visto durante los últimos 20 años, la corrupción, pero no de mordidas, sino una corrupción como sistema invertido, destruir la figura del productor y enaltecer la del intermediario, un engranaje oscuro que ha pervertido los principios de creación de nuestra nación para convertirlos en herramientas de su destrucción.
Se pregunta con cinismo ¿Por qué Nayib Bukele no ha enviado flores ni felicitaciones al “presidente electo”? la respuesta es tan clara como el sol de mediodía: la luz no puede validar la sombra.
En vivo por televisión y en diferido por las redes, el mundo fue testigo del fraude electoral del que dejaron las pruebas del delito a vista de todos. Un proceso que pervirtió la voluntad de la nación y que intentó venderle al mundo una imagen distorsionada de democracia, por alquimia la figura de “presidente electo” se vuelve un título hueco cuando el origen está viciado y por transmigración se convierte en la de “presidente ungido” pero sin legitimidad.
Bukele, con su silencio, ha tenido más dignidad que aquellos que corrieron a estrechar manos manchadas con más certezas que dudas, no es “Egoísmo” como lo menciona en el programa, es mostrar coherencia, si en los círculos de inteligencia se menciona que tras bambalinas se está planificando un ataque de desestabilización en contra de la nación que Bukele antes Dios juro proteger ¿Por qué saludaría a quien amenaza desde afuera? ¿Cómo recibiríamos a quien intenta entrar sin invitación a nuestra casa?
Honduras no necesita más periodistas que actúen como escuderos de un sistema que nos asfixia. Necesitamos una exhortación al espíritu nacional. El pueblo hondureño tiene una chispa divina, una fuerza de trabajo y una nobleza que ha sido secuestrada por una élite que teme al cambio que ocurre al otro lado de la frontera.
No se puede tapar el sol con un dedo, así como no se pueden esconder los delitos de los que están ostentando o nombrando en los puestos gubernamentales, ni se puede detener la idea de que las mismas medidas socialistas aplicadas durante los últimos 20 años, están de vuelta. El ataque de Renato no es más que el estertor de una vieja guardia que siente que pierde el control del relato. Intentaron marcar a otros, pero la mancha de la incoherencia ha quedado en su propio historial.
Para cerrar, le recordamos a los detractores y a los que se aferran al poder a través del engaño, aquella frase que Bukele lanzó con la frente en alto cuando intentaron presionarlo desde el norte sobre su política de seguridad: “We gonna do it highway”. En otras palabras: “Lo vamos a hacer a nuestra manera, con determinación, sin pedir permiso para alcanzar la libertad y sin disculparnos por proteger a nuestros hijos”.
Efesios 5:11 Y no participéis en las obras infructuosas de las tinieblas, sino más bien denunciarlas.
