Caravana de inmigrantes hondureños detenida en Esquipulas

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Con una mochila al hombro, sudorosos bajo el sol, unos 2,000 hondureños llegaron ayer a Guatemala en busca de alcanzar su “sueño americano”.

Cantando el Himno Nacional de Honduras, rezando, y gritando “¡sí se puede!” y “Honduras te amamos, vamos a Guatemala y México”, los migrantes no cedieron paso en su objetivo a pesar de que las autoridades guatemaltecas dieron la orden de no permitir su ingreso al país.

Silvestre Maldonado, agente de la Policía Nacional Civil de Guatemala, dijo a los migrantes que debían respetar las leyes.

“Vamos a hacerlo en forma ordenada. No se tapen la cara porque si no, si se están convirtiendo en delincuencia”. Luego explicó que harían una mesa de diálogo para resolver la situación.

Una voluntaria que asistía a los migrantes estimó que habría unos 1,600 tratando de cruzar, pero el lunes Maldonado calculó alrededor de 2,000. Los medios locales consideraron que cientos más podrían unirse.

Tras permanecer unas dos horas en la frontera con Guatemala, los migrantes hondureños, que superaban en número a la Policía, empezaron a caminar y los uniformados no pudieron hacer mucho para detenerlos. Las patrullas de Policía se limitaron a acompañar la caravana algunos kilómetros dentro de Guatemala.

“Tenemos derechos” decían los viajeros.

Los hondureños quedaron en el centro del migrante en Esquipulas, en donde les dieron de comer y allí pernoctaron, para seguir hoy con su viaje.

Los migrantes esperan atravesar suelo guatemalteco y mexicano con el objetivo de hacerse de una nueva vida en Estados Unidos. A su paso por Guatemala, algunos policías y varios vecinos les entregaron agua fría para tratar de combatir el calor; otros utilizaban sus vehículos para llevarlos unos kilómetros de su marcha.

Marvin Ramírez, 35 años, residente de Ocotepeque, Honduras, dijo entre lágrimas que migraba porque en su país no podía vivir: su pequeño hijo Marvin de siete años había muerto hacía un año por la falta de asistencia médica por un problema de apéndice. “Me decían que fuera a uno y a otro lugar, pero se murió porque no lo atendieron”, dijo.

Keilin Umaña tiene 21 años y está decidida a seguir adelante. Un bebé en su vientre fue su motivación, dice. Tiene dos meses de embarazo y está separada del padre de su hijo. Es enfermera, pero no puede vivir en Honduras debido a la situación de violencia que padece en su país.

“A mi casa nos llegó una nota donde decía que no podía quedarme, que tenía que irme, sino me iban a matar”, explica. “Estuve escondida un tiempo, es porque tengo este tatuaje en la mano, no es de pandillas, mire, es el nombre de mi papá y mi mamá”, dice mientras muestra su brazo.

La mujer lleva cuatro días caminando. “A veces me siento mal, pero tengo que seguir adelante”, agrega. “No somos delincuentes, somos migrantes”.

Carlos Cortez, un agricultor de 32 años, también forma parte del grupo. Llegó con su hijo de siete años y salieron a pie de su país porque, asegura, “allá ya no se puede vivir. Somos pobres y no podemos sostener a la familia”.

El hombre y el niño cargan una pequeña mochila con una mudada y en las manos cada uno trae un bote de agua pura. “Cada día gano unos cinco dólares. No me alcanza para darle de comer a mi familia”, explica antes de agregar que no tiene miedo de que lo separen de su hijo en la frontera, “eso no va a pasar, no pueden hacerlo”, asegura con timidez.

Durante la marcha, algunos niños y adultos que se desmayaron fueron atendidos por paramédicos de la Cruz Roja. (AP)

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